Strauss para cerrar el año en el Auditorio Nacional de Madrid

Por Alicia Perris

santacecilia

Orquesta Clásica Santa Cecilia. Director, Donato Cabrera. Piano, María Radutu. Auditorio Nacional de Música. Sala Sinfónica. 29 diciembre 2012.

Como parte de una de las propuestas musicales para clausurar el año que se organizan en Europa, la Orquesta Clásica Santa Cecilia que pertenece a la Fundación Excelentia, presidida por Javier Martí Corral, ofreció en Madrid una velada con una primera parte con el vals El Emperador, de J. Strauss hijo, el vals La Música de las Esferas de Josef Strauss y el Burlesque para piano y orquesta de Richard Strauss.

Las dos primeras son obras tradicionales del repertorio del Concierto de Año Nuevo que se celebra en Viena todos los primero de año en la sala de la Musikverein y el Burlesque, una obra menor de Richard Strauss más conocido por sus óperas y sus poemas sinfónicos.

El comienzo demostró enseguida que se trataba de una orquesta a pleno rendimiento, con una musicalidad y un saber hacer esmaltados en la dirección de Donato Cabrera.

El maestro Cabrera se incorporó a la San Francisco Symphony como director residente en 2009 y fue en el Festival de Salzburgo alumno del conocido director Herbert von Karajan.

Se especializó en dirección musical en la Universidad de Indiana y en la Manhattan School of Music y vocacionalmente se ha orientado hacia la educación musical para ayudar a desarrollarse a jóvenes talentos de la San Francisco Opera y la Lyric Opera de Chicago, entre otras instituciones.

Por su parte, María Radutu, joven concertista de piano, enriqueció el Burlesque con una técnica depurada y una sensibilidad que casaba a la perfección con la ejecución de la orquesta con cuyo desempeño se la veía muy compenetrada. Buena conocedora de la obra de Strauss con notables dificultades para el intérprete que desarrolló con soltura, continuará sin duda con una trayectoria brillante que ya ha comenzado a despuntar en la actualidad.

A Richard Strauss le gustaban las obras de la familia creadora de valses, lo cual probablemente explicara el perfume que la obra del compositor de Don Juan o Salomé exhala por momentos de los músicos que celebraban con alegría los últimos fogonazos de la Viena fin- de- siècle.

Así habló Zarathustra (1896) sobre un trabajo de Friedrich Nietzsche es una partitura de forma libre y fantástica, cuyo comienzo inspiró a menudo a conocidas obras cinematográficas. En la batuta de Donato Cabrera sonó con toda la magnificencia y el esplendor que le pertenecen.

La Polka Truenos y relámpagos abrió la segunda parte de la noche con brío, para continuar con el ya clásico Danubio Azul (ambas de Johan Strauss hijo) con un curioso rubato y terminar en el mejor estilo vienés de fin de año con la Marcha Radetzky, acompañada por los aplausos del público.

Radetzky fue un militar austríaco que sofocó sin piedad los levamientos de los patriotas de las tierras sojuzgadas que engrandecían el Imperio Austrohúngaro, de una dureza ejemplar durante y después de las batallas, pero por esas circunstancias inexplicables del destino y el gusto de los públicos, cierra ahora alborozadamente los conciertos con los que se desea la felicidad para un año mejor.

El Auditorio estaba completo. No hubo bises porque el concierto duró por sí solo más de dos horas, pero el público se fue a casa muy contento, después de haber aplaudido mucho.

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